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Octubre de 2005
La voz de Renée, cálida y campechana, sonó al otro lado
del teléfono: “Estarás muy cerca. Ven a verlo por ti
mismo, si no has vuelto desde la tormenta…”
Exhalé, me giré hacia su hija, que estaba de pie a mi lado en
el centro estudiantil, y sonreí.
Unas semanas después, lejos del campus y en pleno trimestre
de otoño, conduje hasta Nueva Orleans en un coche de alquiler.
Durante el trayecto de más de una hora, apenas crucé otro
vehículo, en ningún sentido.
Al dejar atrás el aeropuerto, a las afueras de la ciudad, y
dirigirme hacia el centro, la autopista estaba vacía. Resultaba
inquietante.
Al tomar la salida hacia el Distrito Jardín, la atmósfera
cambió. Volví a ver gente. Había un leve tráfico de coche a mi
alrededor. Un zumbido constante de maquinaria industrial y
trabajos de demolición sonaba de fondo. En una intersección
principal, varios miembros de la Guardia Nacional ocupaban la
escena; uno de ellos estaba de pie en mitad de la calle, diri-
giendo el tráfico.
Habían pasado dos meses desde el huracán Katrina…
Conducía despacio, cuando mi atención se fijó en un hombre
que caminaba desde una casa hasta la acera. Llevaba un bulto
sucio, cubierto de moho y de forma extraña. Lo dejó junto a una
pila de muebles destrozados y electrodomésticos oxidados.
En su rostro vi el agotamiento. Me llegó un olor fétido, a
humedad rancia y moho. ¿Sería aquella su casa? Imaginé fotos
impresas y otros tesoros personales, arruinados por haberse
empapado en agua sucia, mezclados con montones de basura.
Al llegar a mi destino, la puerta se abrió, y reconocí su voz
cálida y campechana. “Quintus, ¡qué ilusión conocerte! ¿Cómo
está mi hija allá arriba en Dartmouth?”
Renée se inclinó y me abrazó. Me preguntó si necesitaba
algo después del viaje en coche y enseguida se ofreció a
mostrarme la zona. Tenía un plan para nosotros.
Salimos del condominio. Me subí al asiento del copiloto y
ella se puso al volante.
Primero, Renée me llevó a un sitio que había aparecido una
y otra vez en las noticias: un coche incrustado en un árbol.
Me explicó que el huracán Katrina no había golpeado
directamente la ciudad, pero sí, había provocado fuertes mare-
jadas en el lago Pontchartrain al norte. Gran parte de Nueva
Orleans está por debajo del nivel del mar, así que la ciudad se
inundó por todas partes cuando el sistema de diques cedió en
varios puntos.
Allí, en una de esas roturas, la embestida violenta del agua
había arrancado el coche del asfalto y lo había dejado encajado
en la copa del árbol.
Después, Renée nos llevó a la casa de su familia, que se
encontraba cerca. Su marido, Stuart, nos guió durante la visita.
La casa había sido vaciada por completo, reducida a su arma-
zón. Aunque la inundación no la dañó de forma estructural,
pasó semanas rodeada y anegada por agua poco profunda. Con
el calor y la humedad del verano, el moho se propagó sin
control y arruinó gran parte de los interiores y del contenido de
la casa.
Al salir de su vecindario, Renée nos llevó por un largo bulevar
que atravesaba una extensa zona industrial. Me quedé atónito,
boquiabierto, ante montañas de basura apiladas a la altura de
varios pisos y con la longitud de campos de fútbol.
Tomó una autopista, rumbo al este. Me explicó cómo, allá
abajo, los barrios se habían quedado inundado gravemente.
Miré por la ventanilla el paisaje que se deslizaba a toda veloci-
dad, imaginando la magnitud de la pérdida. Imaginé casas
inundadas, negocios destruidos e infraestructura arruinada
hasta donde alcanzaba la vista.
Renée se incorporó en una vía rápida. A lo lejos, vi un
parque temático vacío con una montaña rusa enorme.
Llegamos a un control. Renée mostró su acreditación de
prensa y el guardia nos dejó pasar. Tras cruzar la Parroquia de
St. Bernard, entramos en el Lower Ninth Ward, el Noveno
Distrito Bajo.
A lo largo del canal industrial, una rotura en el dique, de
cientos de metros de longitud, había desatado marejadas
densas y violentas que arrasaron las casas de varias calles. A
varias manzanas de la rotura del canal, había edificios vacíos,
algunos apenas en pie. Las marcas del agua llegaban alto por
las paredes exteriores. Me detuve observando las marcas que
los equipos de rescate habían hecho en cada casa que visitaron.
Renée me explicó en qué casos aquellas marcas indicaban
cadáveres encontrados en el interior.
Terminamos el recorrido de la destrucción donde lo
habíamos empezado, en el Garden District, el Distrito Jardín.
Emprendí el largo viaje de regreso a la capital del estado,
rumbo a mi vuelo de vuelta a casa.
Francamente, sentía alivio al alejarme de la enorme
destrucción que había presenciado. Me parecía imposible que
yo pudiera marcar alguna diferencia.
La carretera estaba desierta a la vuelta, como lo había
estado horas antes. Ahora, el sol de la tarde, ya en descenso,
proyectaba largas sombras sobre la tierra y las colinas que me
rodeaban.
Entonces, de pronto, se me ocurrieron ideas nuevas. ¿Y si
me unía a otros para restaurar solo una casa de una calle? Y
luego la casa de al lado y la siguiente. Hasta terminar toda la
calle. Luego otra, y otra más, hasta recuperar el barrio entero.
Golpeé el volante, triunfante.
Dije en voz alta dentro del coche: “¿Y si empiezo contando
las casas?”